A Tamara
apasionada y absolutamente loca,
amante del amor como ninguna.
Sentada en aquella esquina, murmurando aquellas frases que había repetido una y mil veces, sentí que era capaz de poder plantarle cara a ese ser que seguía aún en mi cabeza, desmontando mi vida a cada paso que daba y que, como un demonio, se encontraba dentro de mí, buscando siempre esa forma de someterme a sus caprichos que me dejaban absolutamente fuera de combate. Yo ahora era fuerte, aunque tenía recaídas como la de ese día, pero en un momento fui tan débil que logró convertirme en su títere. Jugaba conmigo cual niño con su coche y se divertía haciéndolo, siendo consciente de que en sus manos tenía el control de mi vida. Yo, loca por él, queríendolo tanto que me dolían hasta los huesos, seguía sus juegos, ciega hacia todo lo demás. Podía escuchar voces que me decían que no era lo correcto, pero mi corazón mandaba en aquella batalla y yo ya tenía el papel de perdedora.
Pero había resistido a todo aquello. Aquella batalla yo la había dado por finalizada, pero quería estar segura de ir por el camino correcto.
Lo estaba esperando. Llegaba tarde como de costumbre, esa manía de la impuntualidad. Estaba cansada de esperar. Me paré con el fin de irme, pero apareció a lo lejos, con ese andar particular que tiempo atrás me había enamorado. Un escalofrío comenzó a recorrerme todo el cuerpo y volví a sentir aquel calor dentro de mí, que se ecendía y que dejaba sin esperanzas a la razón.
Aún me cuesta recordar muy bien cómo fue que terminamos en su casa. Nos miramos y ambos supimos que para cerrar todo aquello que habíamos vivido, teníamos que comprobar que ya no éramos compatibles, que estando juntos ambos saldríamos perdiendo, pero nos teníamos que dar una despedida, nos lo merecíamos. Habíamos pasado casi toda nuestra vida juntos, habíamos logrado sobrevivir a tantas tormentas, pero el amor un día dijo basta y se cansó de aguantar nuestras idas y venidas.
Como dos niños jugando en completa compenetración, consiguió llevarme hasta su cama que la recordaba mucho más pequeña. Luego me contaría que había cambiado casi todos los muebles de su casa, aunque yo no me dí cuenta en un primer momento. Estaba completamente ida a causa del aroma que desprendían sus besos, completamente enloquecida por el tacto de sus manos y absolutamente incapaz de reaccionar ante la belleza embriagadora de sus palabras. Recorría mi cuerpo como si fuese la primera vez, con delicadeza lograba llenar aquel vacío que siempre sentía desde que lo había dejado. Sus manos buscaban aquel amor que se había marchado; sus besos buscaban la pasión que se había esfumado. Yo buscaba el cobijo de su cuerpo que me había dado tanta confianza y seguridad en tiempos pasados, sintiendo cada parte de su ancha espalda de nadador y dando pequeños arañazos para hacerle entender que necesitaba más de él. En ese instante, ninguno de los dos estaba cuerdo, más bien podría decir que estábamos siendo dominados por la lujuria. Recuerdo que consiguió quitarme la camisa de un tirón y enseguida desabrochó todas las demás prendas. Él sabía cómo dominarme y cómo lograr que siguiese sus deseos.
Atrevido como nunca, su lengua subía y bajaba por mi barriga, dejando que los escalofríos llegasen a dominarme por completo. Mientras, sus dedos rozaban mi cuerpo, despacio, sin prisa alguna, sintiendo mi piel, explorándola. Bruto como siempre, buscó la manera de hacerme explotar, pero más que nunca, sus manos lograron encontrar todos los lugares correctos, acompañado de besos tan apasionantes que dudo encontrar un chico que me haga sentir lo mismo. Entre mordiscos, besos, arañazos y unos cuantas cosas más que prefiero evitar en este relato, nos quisimos más que nunca. Tocamos el cielo con las manos en cada locura que cometíamos y fuimos uno durante aquella hora que jamás olvidaré.
Nos miramos y fue cuando sentí que éramos dos extraños. Todo había cambiado. Ya no éramos los de antes. Creo que él también lo sintió, porque lo único que fue capaz de decir fue: "Vamos, nena, creo que nos hemos ido un poco de los planes y yo me tengo que ir". Lo triste fue que nos vestimos en silencio y yo no pronuncié ninguna palabra durante esos minutos. Estaba exhausta y aún podía sentir los restos de placer que él había dejado en mi cuerpo. Llevaba marcas por todos los rincones que me harían recordarlo durante semanas. Él también me recordaría, su espalda estaba llena de arañazos fruto de la rabia y la locura propia del amor, y llegaría a llamarme varias veces más, alegando que no podía borrar de su cabeza aquella tarde. Puras habladurías que comprobaría días después al verlo con otra chica. Sin más, nos despedimos dándonos dos besos, como si nada hubiese pasado, como si aquel desliz no hubiese existido jamás.
Había valido la pena la espera y nunca me arrepentí de que aquella fuese nuestra despedida, aunque años más tarde, cometeríamos un error que nos marcaría para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario