Un café. Una cucharada de azúcar. No, hoy mejor dos. Endulzándome desde bien temprano. Un reloj. Dos alarmas. Es hora de partir. ¿Ya? ¿Tan pronto? Veintiseis escalones que bajar. Cuatro problemas que solucionar. Trece preguntas sin responder. No empecemos, mejor terminemos esto aquí. Cinco minutos para llegar. ¿A dónde voy? ¿Qué es lo que quiero? Siete disparos en la nuez. Un solo pensamiento: ¡corre, que no llegas! Ocho inspiraciones profundas. Dos lágrimas, una de cada lado. Miles de recuerdos que invaden todo el cuerpo. Cien palabras que me gusta recordar, pero que me generan tanto mal como diez caladas. Quince besos perdidos. Dieciséis abrazos sin sentido. Diecisiete carcajadas de "rio por no llorar". Nueve maneras diferentes de sobrepasar el mal trago. Una única forma de calmarme. Veinticuatro horas en donde todo se repite.
¿Sabéis algo? Aun así, hay momentos que la vida se calma. Todo deja de estar revuelto, desorganizado. Y puedo ver las cosas tan claras, que necesito un único empujón para dar tres pasos.
Unas pocas palabras que intentan hacer temblar a la imaginación.
27.10.13
5.10.13
Suspiros entrecortados entre caricias que no tenían final. Labios sedientos de besos dolorosos, histéricos, inseguros, que no tenían un fin establecido sino el de provocar incertidumbre. Sus manos querían recoger algo de cariño, pero solo se topaban con más frío. Era verano y no nos importaba más que aquella habitación en la que estábamos peleando, discutiendo entre caricias, chillándonos besos, échandonos en cara susurros que solo decían: te quise. El tiempo se detuvo a favor nuestra. Nosotos veníamos de amores poco civilizados, con los corazones totalmente destrozados, vacíos de amor, con poco que dar pero con muchas ganas de recibir. Habíamos apostado a todo o nada en la persona equivocada. A pesar de todo, allí estábamos, volviendo a apostar sin amor en los bolsillos, sin razones justificadas para volver a creer él.
Pero éramos vacío. Vacío puro. No teníamos nada que dar y nos estábamos lastimando por no saber reconocer la verdad y acostumbrarnos a mentir tantas veces. Yo puedo poner la mano en el fuego que en aquel momento llegamos a ser uno. Una misma persona, vacía, sin ánima, sin ganas de seguir luchando, completamente irracional, que actuaba por impulsos presos de la lujuria y de la necesidad de sentir algo, mínimo, pero algo en nuestro cuerpo, en nuestro corazón. Pude sentir como lloraba a gritos pero ya no le quedaban más lágrimas que derramar. Supe que conocía el sabor de noches agrias y que era lo mismo que sentía cuando me besaba.
Realmente fue triste aquella tarde. Triste porque en otra época, hubiera funcionado. Triste porque él y yo éramos complementarios, pero la vida nos había juntado en el momento equivocado.
Terminamos cansados. Cansados porque esa tarde habíamos echado fuera todo el dolor y la angustia que llevábamos guardada desde hacía años, cansados porque por unas pocas horas conseguimos ser nosotros mismos, sin armaduras, sin máscaras.
En realidad, buscábamos encontrarnos, pero solo logramos perdernos un poco.
Pero éramos vacío. Vacío puro. No teníamos nada que dar y nos estábamos lastimando por no saber reconocer la verdad y acostumbrarnos a mentir tantas veces. Yo puedo poner la mano en el fuego que en aquel momento llegamos a ser uno. Una misma persona, vacía, sin ánima, sin ganas de seguir luchando, completamente irracional, que actuaba por impulsos presos de la lujuria y de la necesidad de sentir algo, mínimo, pero algo en nuestro cuerpo, en nuestro corazón. Pude sentir como lloraba a gritos pero ya no le quedaban más lágrimas que derramar. Supe que conocía el sabor de noches agrias y que era lo mismo que sentía cuando me besaba.
Realmente fue triste aquella tarde. Triste porque en otra época, hubiera funcionado. Triste porque él y yo éramos complementarios, pero la vida nos había juntado en el momento equivocado.
Terminamos cansados. Cansados porque esa tarde habíamos echado fuera todo el dolor y la angustia que llevábamos guardada desde hacía años, cansados porque por unas pocas horas conseguimos ser nosotros mismos, sin armaduras, sin máscaras.
En realidad, buscábamos encontrarnos, pero solo logramos perdernos un poco.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)