Unas pocas palabras que intentan hacer temblar a la imaginación.

28.4.13

Como han cambiado las cosas. Cuanto he crecido en tan poco tiempo. Tiempo.
Un tiempo que a veces me aprieta la garganta, llegando a ahogarme por completo; un tiempo que otras veces consigue ser como una brisa suave en una tarde de primavera. Un tiempo que muchas veces consiguió escaparse de mis manos y fue un simple soplo. Pero cuanto duelen aquellos cambios bruscos. A pesar de todo, consiguió que después de dos años viese el lado positivo de las cosas, a pesar de que no niego tener recaídas cada dos pasos que doy. Es tan ridícula la vida que parece mentira que a veces lo que piensas que era lo mejor para ti y deseabas que se cumpliese, cuando llega, es tan abrumador que no puedes hacerle frente. Si pudiese volver el tiempo atrás no desearía tal cosa. Tampoco cometería tantos errores. Capaz aprovecharía el tiempo a más no poder, hasta sentir que el cansancio recorriese mi cuerpo, pero satisfecha de haber hecho todo lo que dejé pendiente. Capaz, hace dos años no comprendía el valor que tiene la vida, aunque ahora tampoco le vea el sentido, a pesar de no haber sido la primera, ni la última, que me haya jugado tantas malas pasadas.
No vengo a hacerme la víctima, ni mucho menos. Algún rincón de mí sabe que era lo mejor y que gracias a tantas experiencias hoy puedo hablar y dar por sentado ciertas cosas y ciertos puntos de vista que capaz, alguien que tiene la vida completamente solucionada sin cambios bruscos, no la podría dar. Pero aunque la mente sepa que lo malo siempre tiene sus aprendizajes y que en realidad lo malo es bueno en cierto sentido, las cicatrices en días como hoy se acentúan y terminan ganándole la batalla a la razón.
Hoy escribo porque no me siento precisamente igual que el año pasado. Como dicen, los seres humanos nos acostumbramos a vivir la vida que nos ha tocado y yo, definitivamente, me he acostumbrado, para bien o para mal. Acostumbrarme a lo que toca, otra forma de sobrevivir, otra forma de que el tiempo se lleve consigo todo aquello que por las mañanas aún se quiere manifestar.
Aun sintiéndome como me siento, aún le tengo pánico al destino y sus jugarretas. Varias veces me ha demostrado que no está de mi lado... O quien sabe... Capaz en un futuro vea los frutos. Claro está que no todo es malo, y que los cambios han traído cosas verdaderamente buenas.
Y así es como quiero terminar. Con lo bueno. Con lo que realmente me gusta de estas "malas" pasadas que me juega el destino. Si hoy sigo en pie, con una sonrisa en mi cara, caminando hacia delante y parándome muy pocas veces a mirar hacia el pasado, es por las personas que hoy en día me rodean. Y esto es lo más lindo de los cambios, conocer a personas que verdaderamente valen la pena, que te complementan aún más, que hacen de ti mejor persona, que aunque no lo sepan son las que cada día con pequeños gestos hacen que tu vida sea mejor. Y me considero afortunada por tener ahora el doble de lo que tenía antes. Algunas lejos, a kilómetros, pero tan cerca a la vez. Otras, a la vuelta de la esquina.

24.4.13

Ese corazón revoltoso, ansioso de sentir algo más que aquel sentimiento que vuelve locos a las personas, deseoso de adrenalina como droga para calmar sus ansias, ambicioso por querer más y más cada hora, queda fuera de combate ante su mirada. Dominado por la lujuria, busca enredarse entre sus brazos a sabiendas que va en contra de todas las leyes establecidas por la sociedad. ¿Acaso está mal guiarse por impulsos? Ana sabía que esto iba contra las reglas que la sociedad le había impuesto, pero su espíritu libre estaba desesperado por sentir algo completamente diferente a lo que siempre había estado acostumbrada. La monotonía le producía cierto encanto. Tener todo organizado le daba satisfacción. Pero hubo algo que nunca pudo controlar y fue el instinto con el que nació de pequeña. No estaba preparada para un mundo tan cuadriculado. Era una persona que necesitaba despegar de la tierra, volar por encima de los demás, destacar en la sociedad por sus magníficas locuras, ser el objeto de envidia de muchas personas por ser tan increíblemente original y auténtica. ¡Qué lástima me daba que perdiese el tiempo intentando tapar todo aquello que hervía dentro suyo! Cuanto tiempo derrochado en intentar imponer algo que iba en contra de su propia naturaleza, únicamente para satisfacer los deseos de los que se encontraban a su alrededor, tan faltos de espíritu, tan faltos de esperanzas, tan vacíos por dentro, que creían que la cumbre de la felicidad era todo aquello que en realidad nos hace permanecer en la media.
Pero ahora había crecido, y cada día notaba más que aquellos pecados querían ser cometidos. Tenía la necesidad de romper con todo lo planificado, saltarse las reglas, sentir esa magia de ser diferente. Esta vez, su corazón le animaba a exprimentar nuevas sensaciones, a olvidarse de que la perfección está en cuan inteligente es una persona o en el futuro que le puede ofrecer. La lujuria la empujaba a ser atrevida y disfrutar de los placeres que la vida cada día le ponía en bandeja pero ella rechazaba.
Él era la causa de todos los cambios que estaba experimentando. Ni siquiera aquel chico que se encontaba ahora mismo a su lado, había conseguido romper con toda aquella vida tan planificada. "Y aquí, donde reina la duda, es cuando descrubro que hay parte de mí que moriría por tus besos" fue la última oración que decidió poner para dar por terminado su primer diario.

3.4.13

A Tamara
apasionada y absolutamente loca,
amante del amor como ninguna.


Sentada en aquella esquina, murmurando aquellas frases que había repetido una y mil veces, sentí que era capaz de poder plantarle cara a ese ser que seguía aún en mi cabeza, desmontando mi vida a cada paso que daba y que, como un demonio, se encontraba dentro de mí, buscando siempre esa forma de someterme a sus caprichos que me dejaban absolutamente fuera de combate. Yo ahora era fuerte, aunque tenía recaídas como la de ese día, pero en un momento fui tan débil que logró convertirme en su títere. Jugaba conmigo cual niño con su coche y se divertía haciéndolo, siendo consciente de que en sus manos tenía el control de mi vida. Yo, loca por él, queríendolo tanto que me dolían hasta los huesos, seguía sus juegos, ciega hacia todo lo demás. Podía escuchar voces que me decían que no era lo correcto, pero mi corazón mandaba en aquella batalla y yo ya tenía el papel de perdedora.
Pero había resistido a todo aquello. Aquella batalla yo la había dado por finalizada, pero quería estar segura de ir por el camino correcto.
Lo estaba esperando. Llegaba tarde como de costumbre, esa manía de la impuntualidad. Estaba cansada de esperar. Me paré con el fin de irme, pero apareció a lo lejos, con ese andar particular que tiempo atrás me había enamorado. Un escalofrío comenzó a recorrerme todo el cuerpo y volví a sentir aquel calor dentro de mí, que se ecendía y que dejaba sin esperanzas a la razón.
Aún me cuesta recordar muy bien cómo fue que terminamos en su casa. Nos miramos y ambos supimos que para cerrar todo aquello que habíamos vivido, teníamos que comprobar que ya no éramos compatibles, que estando juntos ambos saldríamos perdiendo, pero nos teníamos que dar una despedida, nos lo merecíamos. Habíamos pasado casi toda nuestra vida juntos, habíamos logrado sobrevivir a tantas tormentas, pero el amor un día dijo basta y se cansó de aguantar nuestras idas y venidas.
Como dos niños jugando en completa compenetración, consiguió llevarme hasta su cama que la recordaba mucho más pequeña. Luego me contaría que había cambiado casi todos los muebles de su casa, aunque yo no me dí cuenta en un primer momento. Estaba completamente ida a causa del aroma que desprendían sus besos, completamente enloquecida por el tacto de sus manos y absolutamente incapaz de reaccionar ante la belleza embriagadora de sus palabras. Recorría mi cuerpo como si fuese la primera vez, con delicadeza lograba llenar aquel vacío que siempre sentía desde que lo había dejado. Sus manos buscaban aquel amor que se había marchado; sus besos buscaban la pasión que se había esfumado. Yo buscaba el cobijo de su cuerpo que me había dado tanta confianza y seguridad en tiempos pasados, sintiendo cada parte de su ancha espalda de nadador y dando pequeños arañazos para hacerle entender que necesitaba más de él. En ese instante, ninguno de los dos estaba cuerdo, más bien podría decir que estábamos siendo dominados por la lujuria. Recuerdo que consiguió quitarme la camisa de un tirón y enseguida desabrochó todas las demás prendas. Él sabía cómo dominarme y cómo lograr que siguiese sus deseos.
Atrevido como nunca, su lengua subía y bajaba por mi barriga, dejando que los escalofríos llegasen a dominarme por completo. Mientras, sus dedos rozaban mi cuerpo, despacio, sin prisa alguna, sintiendo mi piel, explorándola. Bruto como siempre, buscó la manera de hacerme explotar, pero más que nunca, sus manos lograron encontrar todos los lugares correctos, acompañado de besos tan apasionantes que dudo encontrar un chico que me haga sentir lo mismo. Entre mordiscos, besos, arañazos y unos cuantas cosas más que prefiero evitar en este relato, nos quisimos más que nunca. Tocamos el cielo con las manos en cada locura que cometíamos y fuimos uno durante aquella hora que jamás olvidaré.
Nos miramos y fue cuando sentí que éramos dos extraños. Todo había cambiado. Ya no éramos los de antes. Creo que él también lo sintió, porque lo único que fue capaz de decir fue: "Vamos, nena, creo que nos hemos ido un poco de los planes y yo me tengo que ir". Lo triste fue que nos vestimos en silencio y yo no pronuncié ninguna palabra durante esos minutos. Estaba exhausta y aún podía sentir los restos de placer que él había dejado en mi cuerpo. Llevaba marcas por todos los rincones que me harían recordarlo durante semanas. Él también me recordaría, su espalda estaba llena de arañazos fruto de la rabia y la locura propia del amor, y llegaría a llamarme varias veces más, alegando que no podía borrar de su cabeza aquella tarde. Puras habladurías que comprobaría días después al verlo con otra chica. Sin más, nos despedimos dándonos dos besos, como si nada hubiese pasado, como si aquel desliz no hubiese existido jamás.
Había valido la pena la espera y nunca me arrepentí de que aquella fuese nuestra despedida, aunque años más tarde, cometeríamos un error que nos marcaría para siempre.