Por las noches imagino todo lo que podría haber sido y no fue. Aquellas promesas que fueron en vano, que quedaron vagando por el vacío producto de la propia vida. Unas noches tan oscuras y profundas que hacen que dudes de hasta tu propia existencia; otras tan vacías e inservibles, detestables, que desearías no existir. Hay noches y noches, pero estas últimas son realmente insoportable. Mientras la luz siga presente, el camino es claro y los sueños no terminan en un callejón, pero queda el después, cuando la oscuridad invade las calles, invade tu habitación. Vamos, vida, ¿a qué juegas? Te debe parecer muy divertido jugar tantas malas pasadas, pero uno se cansa de jugar a un juego que no es realmente agradable.
Puede que las noches sean tristes desde que tengo memoria. Puede que rescate algunas noches en las que haya sido verdaderamente feliz. Pero nunca he sido completamente feliz. Siempre ha faltado esa persona, ese detalle, esa palabra, esa mirada, ese gesto. Siempre ha faltado eso que hace que una noche sea perfecta.
Hablo de las noches porque a pesar de que siempre le he tenido miedo a la oscuridad, me demuestran cómo es la realidad. Y eso, en cierto modo, me agrada. Llamadme masoquista o el adjetivo que primero se os venga en la cabeza. No es que me guste sufrir, simplemente que mientras unos necesitan una dosis de surealismo en sus vidas, algo de fantasía, yo necesito esa dosis de realidad. No me gusta como sabe, pero es una necesidad que siempre he tendio. No puedo vivir de una mentira, me repugna el solo pensar que mi vida se base en creer algo que no es. ¿Nos ahorramos dolor? No, la caída cuando analizas la realidad es mucho peor que si la enfrentas desde el primer momento.
Sí, diréis que muchas veces es necesario ser positivo y todas esas tonterías. No. Para mí no lo es. Ver la realidad no es signo de negativismo, es signo de tener los pies en la tierra y ser consciente de lo que es la vida, de lo que es tu vida.
Y la noche sigue. Ni siquiera me paro a mirar el reloj. Es tan relativo el tiempo, que a pesar de que una parte de mí siga confiando en el dicho: "tiempo al tiempo" o "todo llega en su debido tiempo", lo odio. Hemos formado una palabra que tiene tantos significados como personas tristes. Hemos hecho de aquella palabra un martirio, una espina que se nos clava siempre en determinadas épocas de nuestra vida. Hemos conseguido que el tiempo sea exacto, que tenga sus minutos, sus segundos, como si de algo sirviese medir el tiempo si él actúa cuando se le da la gana. Hemos hecho que la vida se organice alrededor de él, que dependa de él, cuando en realidad, él tendría que depender de nosotros. Hemos creído tanto en los dichos del tiempo, que han conseguido manejarnos a su antojo. Pero así somos, confiamos en algo abstracto, algo que nos da esperanza, cuando si queremos verdaderamente alcararnos, cambiar las cosas, somos nosotros quien tenemos la iniciativa, no el tiempo.
Cada noche discuto conmigo misma de diferentes temas, de diferentes conceptos que la sociedad ha desgastado, pero siempre llego a puntos específicos de mi vida. Y por último, pienso en él. Algo está bien en mi vida, algo tiene sentido, ¿verdad?
Sigue la noche y me deja exhausta al día siguiente. Pero ya ha aparecido la luz y me da ese empujón para levantarme y decirme: "Vamos pequeña, aún las cosas pueden cambiar si tú verdaderamente lo quieres".
Puede que las noches sean tristes desde que tengo memoria. Puede que rescate algunas noches en las que haya sido verdaderamente feliz. Pero nunca he sido completamente feliz. Siempre ha faltado esa persona, ese detalle, esa palabra, esa mirada, ese gesto. Siempre ha faltado eso que hace que una noche sea perfecta.
Hablo de las noches porque a pesar de que siempre le he tenido miedo a la oscuridad, me demuestran cómo es la realidad. Y eso, en cierto modo, me agrada. Llamadme masoquista o el adjetivo que primero se os venga en la cabeza. No es que me guste sufrir, simplemente que mientras unos necesitan una dosis de surealismo en sus vidas, algo de fantasía, yo necesito esa dosis de realidad. No me gusta como sabe, pero es una necesidad que siempre he tendio. No puedo vivir de una mentira, me repugna el solo pensar que mi vida se base en creer algo que no es. ¿Nos ahorramos dolor? No, la caída cuando analizas la realidad es mucho peor que si la enfrentas desde el primer momento.
Sí, diréis que muchas veces es necesario ser positivo y todas esas tonterías. No. Para mí no lo es. Ver la realidad no es signo de negativismo, es signo de tener los pies en la tierra y ser consciente de lo que es la vida, de lo que es tu vida.
Y la noche sigue. Ni siquiera me paro a mirar el reloj. Es tan relativo el tiempo, que a pesar de que una parte de mí siga confiando en el dicho: "tiempo al tiempo" o "todo llega en su debido tiempo", lo odio. Hemos formado una palabra que tiene tantos significados como personas tristes. Hemos hecho de aquella palabra un martirio, una espina que se nos clava siempre en determinadas épocas de nuestra vida. Hemos conseguido que el tiempo sea exacto, que tenga sus minutos, sus segundos, como si de algo sirviese medir el tiempo si él actúa cuando se le da la gana. Hemos hecho que la vida se organice alrededor de él, que dependa de él, cuando en realidad, él tendría que depender de nosotros. Hemos creído tanto en los dichos del tiempo, que han conseguido manejarnos a su antojo. Pero así somos, confiamos en algo abstracto, algo que nos da esperanza, cuando si queremos verdaderamente alcararnos, cambiar las cosas, somos nosotros quien tenemos la iniciativa, no el tiempo.
Cada noche discuto conmigo misma de diferentes temas, de diferentes conceptos que la sociedad ha desgastado, pero siempre llego a puntos específicos de mi vida. Y por último, pienso en él. Algo está bien en mi vida, algo tiene sentido, ¿verdad?
Sigue la noche y me deja exhausta al día siguiente. Pero ya ha aparecido la luz y me da ese empujón para levantarme y decirme: "Vamos pequeña, aún las cosas pueden cambiar si tú verdaderamente lo quieres".