El espejo hizo darme cuenta de que algo había cambiado. Otra persona estaba habitando mi cuerpo. Demasiado demacrada para ser yo. Demasiado destruída. Demasiado triste. Un cambio a penas visible para los demás, pero para mí, realmente impactante. Mi cuerpo estaba sufriendo a causa de mi mente. Podía sentir como pequeños hematomas iban surgiendo de mis muñecas. Podía ver como un tono violáceo predominaba por debajo de mis ojos y, mi boca, aquella que se caracterizaba unas comisuras siempre mirando hacia el cielo, este último tiempo habían decidido esconderse, pasar desapercibidas, mirar hacia el suelo dejando de perseguir sueños.
Yo quería entender por qué había llegado hasta este punto. Me estaba autodestruyendo sin querer. Ya no tenía ganas de seguir caminando con la cabeza en alto. Se había esfumado aquello que me empujaba a ser feliz. Poco quedaba de lo que tiempo atrás había conseguido construír. Estaba cansada de mi misma. Cansada de lo que sucedía a mi alrededor, aunque pude abrir los ojos y darme cuenta que, en realidad, estaba cansada de que mi mente me jugase tantas malas pasadas. Pensando que sería una mala racha, intenté seguir con aquello que consideré que era mi motivo de salvación, pero hoy, en frente de este desagradable espejo, de esta angustia que me genera ver mi reflejo, consigo entender que en realidad, estaba nuevamente equivocada.
No me sorprendía para nada que otra vez hubiese cometido un error. Yo me comparaba con un pato criollo: a cada paso, una cagada. Otra vez conseguía eliminarme por completo. Prometo, porque ya no soy más de jurar, que este mismo cansancio de la vida hacía mucho tiempo que se había ausentado en mí. Yo no quería admitir cual era verdaderamente la raíz de todo esto. Sabía que tenía su solución, pero que iba a ser tan dolorosa, que preferiría seguir así hasta que no pudiese más, hasta llegar al punto de no sentir nada y, ahí, en ese punto, donde ya no puedes seguir respirando porque la soga te está ahorcando, es justo ahí, cuando comprendes que no queda otra y que para salvarte necesitas actuar. ¿Por qué no cortar de raíz? Siempre me lo he preguntado. Y ahora me lo pregunto. Pero es más fuerte la duda que la certeza.