Sí. Estoy a favor de los amores intensos, pero cortos. De esos fugaces, imperceptibles, que te dejan sin respiración durante un corto tiempo, que no caen en la monotonía del día a día y que llenan incluso más que un amor convencional. ¿Por qué no aceptar que los amores que menos duran son los más verdaderos? Un amor que aparezca de pronto y revolucione tu vida, que la deje patas para arriba. Un amor que no caiga en un "te quiero para siempre" sino un "te quiero en este momento". Un amor que no busque la estabilidad emocional, sino que a cada paso se vuelva más loco, más imposible, más desastrozo. Un amor que deje de lado las promesas, los posibles, el futuro, lo predecible. Un amor completamente incoherente, que no tenga ni pies ni cabeza, que se base en el presente y que se olvide del pasado.
¿Es que acaso preferís vivir un amor que se consume en la rutina, que continúa en el tiempo por simple inercia, a vivir uno mucho más intenso y más corto?
Puede que muchos penséis que esté equivocada. Probablemente. Pero estas son las consecuencias de no pensar en qué pasará en un futuro o qué pasó en un pasado, simplemente es vivir el día a día, dejar que la vida fluya e intentar vivir como si cada noche que nos acostamos no nos volviésemos a levantar. Suena trágico dicho de esta manera, pero la vida tiene un sabor más agradable desde que he conseguido dejar de lado el futuro y dedicarme a vivir el presente, a tomar decisiones sin ir más allá de lo que me pide ese día el corazón (o la cabeza). Y sí. Comienzo a recuperar de a poco la alegría que pensaba que en un momento me había abandonado. Comienzo a levantar vuelo y a tomarme la vida con otro humor, mirarla desde otro punto de vista.
Y ya me he ido de tema, ¿verdad? He empezado hablando del amor y he terminado hablando de la vida. Esto resume mi día a día.
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