"Yo no era más que la pared vacía a la que dirigías tus palabras". Leía "Memorias de una geisha", cuando me encontré con esa impactante frase que me desarmó por completo. Fue una patada en el estómago, que hizo que abriese los ojos y mirase a mi alrededor. Estaba completamente sola, pero había alguien que seguía conmigo a pesar de haber cometido tantos errores. Aunque esta monotonía no se parecía en nada a la que, tiempo pasado, estaba tan acostumbrada. Esta dolía más, tenía un sabor demasiado agrio y una visión negativa, en colores grises. La luz no se asomaba por mi ventana y todo a mi al rededor parecía estar sumiso en una atmósfera de tensión y mentiras. Espero que nunca hayáis sentido este sentimiento, porque hasta el rojo carmín de los labios de una mujer, me parecían grises y tristes.
¿Por qué había provocado ese efecto tan devastador en mí aquella frase? Volví a levantar la vista del libro, y vi desorden en mi vida. Un desorden propio de dejar al libre albeldrío que el tiempo decidiese por mí. Era el causante de todo aquel desorden que estaba sufriendo en este momento, aunque en realidad, yo era la culpable de que el tiempo hubiese ganado la batalla y se hubiese impuesto en mi vida de la peor manera que tiene de hacerlo, esa manía de correr tanto en tiempos en donde uno no tiene la suficiente resistencia física como para seguirle el ritmo. Y ahí me di cuenta que todo en lo que siempre había creído y soñado, lo había tirado por el balcón en cuanto me enamoré de ese chico.
Se abrió la puerta. Era él y su embriagadora forma de mirarme. Ahí me di cuenta que me había convertido en un ente, en su "pared vacía" a la que únicamente dirigía sus palabras para hundirme más o para conseguir sacar provecho de mí, y yo, me había dejado utilizar todo este tiempo, únicamente porque no tenía el valor de enfrentarme a los problemas y me había dado por vencida antes de comenzar a luchar.
Volví a mi lectura, pero noté que una pequeña lágrima me recorría la mejilla. No quise sentir más. Decicí que aún no era tiempo de cambiar; aún no estaba preparada para sentir aquella oleada de sentimientos que iban a convertirme en una persona totalmente distinta a lo que estaba acostumbrada a ser. El coraje seguía escapando de mí y yo no tenía ánimos como para seguirle el juego.
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