Ella se llevaba las manos a la cabeza mientras balbuceaba que se callase de una puta vez. Miraba al cielo y le pedía un respiro a quien fuese que estuviese acompañándola en ese momento. El paisaje representaba muy bien su interior. Transmitía un sentimiento de melancolía, con árboles que discutían con el viento provocando un ligero ruido constante; con hojas que volaban sin dirección alguna, desorientadas y empujadas por esa brisa tan abrumadora. Era un camino largo, del cual no se podía divisar la salida. Lo único que alumbraba, era la luna, un pequeño trozo que permitía ver el entorno en el que se hallaba, llevándola a la realidad.
Se preguntaba cómo había llegado a ser aquella a la que su otro yo la dominaba, atrapándola y arrastrándola a cometer un error tras otro. Pensó en una única persona que sería capaz de despertarla. Rápidamente borró su imagen de la cabeza. Testaruda como suele ser, decidió no acudir a su ayuda.
Se detuvo un instante. Volvió en sí. Se recogió el pelo y decidió echar a correr, intentando huir de los problemas, aún pensando en él.

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