Llegué de improvisto. No esperaba tal respuesta de él, pero su mirada fue mucho más fuerte que en aquellos años en que solíamos ser uno, jugando a estar enamorados. ¡Cuánto daño nos hicimos el uno al otro!. Podía sentir aún los rastros de sus caricias y resurgía esa lista de planes que pretendíamos cumplir juntos. No pude aguantarle la mirada. ¡Hacía tanto que no lo veía! Desde que lo habíamos dejado que no estaba acostumbrada a no verlo caminando al lado mío, sonriendo. Cuánto amor derrochabamos por aquel entonces, donde todo era felicidad y perfección. Pero el amor se apagó. Se apagó tanto que jugábamos a fingir estar enamorados, haciéndonos tanto daño como era posible. Nuestras palabras dejaron de ser empalagosas para pasar a ser amargas como el mismo limón, agresivas, intolerantes. Esas peleas que duraban días, pero quién sabe por qué motivo siempre conseguíamos arreglar. Su mirada había cambiado. No le brillaban los ojos cuando me miraba, y ya no caminaba a mi lado acompañándome, sino compitiendo.
Llegó un momento en que se tornó tan insoportable, que nuestro amor nos pedía a gritos que nos diésemos por vencidos. Y es ahí cuando entendimos que necesitábamos estar solos, cada uno por su lado y seguir su camino. Si teníamos que estar juntos ya nos encontraríamos algún día, en alguna esquina, por esas casualidades de la vida o porque el destino ha dicho que era hora de volver.
Allí estaba. Parado, mirándome y sonriéndome como en esas épocas. Seguía igual de irresistible, igual de pícaro y con la misma manía de ponerse una mano en el bolsillo y la otra no. Parecía que nada había cambiado, que todo el tiempo que estuvimos separados no hubiese pasado. Congelé ese momento, pero supe que la que no era la misma era yo. Todavía no era hora de volver.
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