Hola, mi amor. ¿Cómo te encuentras? Hace tiempo que no te escribo. Solía escribirte cada noche, en secreto, contándote como eran mis días sin tí. Te escribía mis pensamientos, minuto tras minuto, expresándote lo largo que se me hacían los días desde que habías decidido marcharte de mi vida. Una parte de mí había muerto. Me encontraba perdida, había perdido aquella mano que me sostenía cada día y me guiaba, ayudándome cuando me caía, levantándome tras cada error. Te contaba como extrañaba tus manías, esas de las que tanto me quejaba en el pasado, pero que tanto te caracterizaban. Ya no tenía quien dejase la marca de la taza en mi escritorio, quien me cambiase los fondos de pantalla cada día, quien me desordenase los libros que tan maniáticamente me gustaba tener por orden alfabético, quien me escribiese tonterías en todos los apuntes posibles o quien me despeinase cuando llevaba una coleta alta.
Te escribía para descargarme y para odiarte cada día un poco más. Te habías ido, y no lo podía aceptar. Los recuerdos me maltrataban a cada instante, mi corazón no aguantaba más y le pedía a gritos a la razón que le diese un pequeño respiro. Tu perfume seguía impregnado en mi ropa, tu marca de la taza seguía aún sin limpiar, tus risas retumbaban entre las cuatros paredes de mi habitación, y tus promesas seguían aún guardadas en aquella caja que hicimos al cumplir 6 meses. Aún conservaba mis apuntes con tus tonterías, tus cartas con tus tan peculiares errores de ortografía, tu camiseta roja del último campamento que odiabas pero amabas como me quedaba, tu desorden en mis libros, tus mensajes empalagosos en mi móvil, tu carpeta con tu música favorita en mi ordenador, tu dibujo de dragon ball que te gustaba que tuviese pegado en la pared cuando vinieses, tu fotografía en un marco de tus colores favoritos; tus besos marcados en mi piel, tus abrazos que me hacían tocar el cielo, tus cosquillas inocentes, tu mirada única, tus chistes nocturnos, tu filosofía sobre la vida.
Mi amor, yo no era más que una pequeña prolongación de tí. Mi vida se basaba en tí, todo lo que me rodeaba pertenecía a nuestro amor, a tu pasado, a mi presente y mi futuro. ¿Qué te pasó, mi vida? ¿Te agobiaron los problemas? ¿Te asustó vivir un amor tan perfecto? ¿Por qué te fuiste así, sin más, sin darme una explicación racional a tu huída? ¿Hubo otra? ¿Fui yo, que no supe escuchar lo que me pedías?
Ya ha pasado un año desde que te fuiste, desde que desapareciste de mi vida por arte de magia. Hoy te vuelvo a escribir, un año después para recordarte que sigo sintiendo los efectos secundarios que me dejó tu amor. Escalofríos durante el día, una mirada perdida, largas noches de insomnio, temblores repentinos, sueños aterradores. Sigo pensando en tí. Sigo queriéndote igual que el primer día que te conocí. Sigo esperándote como todos los domingos, que llegues a mi casa, toques el timbre y me traigas una rosa blanca con una tarjetita donde pusiese: "Tu amor, por siempre."
[Feliz San Valentín, atrasado]
No hay comentarios:
Publicar un comentario