Me encuentro en mi habitación, mi lugar de reflexión; un lugar en el que puedo ser yo misma sin que nadie me juzgue. Apago la luz. La oscuridad me alivia y me transporta hacia un mundo paralelo. Busco conversar conmigo misma; busco aquella voz de mi interior para poder entender mis actitudes frente a ciertas situaciones.
Puedo describir a esa voz como mi mejor enemiga pero a la vez, como una buena compañera de viaje. Aparece siempre que puede y la mayoría de veces me habla con ciertos aires de superioridad y egocentrismo, aunque es cambiante. Frente a los peligros y a los desafíos es la que me anima a seguir y no bajar los brazos. Me obliga a seguir pensando en el futuro, en destacar, en ser siempre un poco mejor empujándome a buscar la perfección para no ser una más del montón.
Esa misma voz es la que me hace actuar de manera impulsiva, siendo demasiado sincera con los demás, pudiendo llegar a herir sus sentiemientos. Es fría y recorosa, y nunca me permite olvidar los gestos que las personas, que alguna vez dejé entrar en mi vida, me hicieron y me lastimaron. Con ellas me hace tomar una actitud distante y antipática, logrando que nunca los perdone. De vez en cuando, se vuelve autodestructiva, invitándome a un lugar oscuro y profundo donde las sonrisas desaparecen como por arte de magia y reina el insomnio y la nostalgia. El alma se invade de desesperanza consiguiendo que la vida se convierta en una detestable monotonía, sin risas ni sueños. Me vuelvo un ente controlado por su otro yo, negativo y sin sentimientos, que lo único que siente son los repentinos escalofríos que envía el alma para demostrar que aún sigue viva.
Pero es la misma que me ayuda a salir de ese mundo en que a veces me encuentro, volviéndome una persona optimista. Me ayuda a buscar el lado positivo a las situaciones, indicándome que todo cambiará. También me aconseja que ayude a las personas, que nunca pierda el poder que tengo de escuchar a la gente que me rodea, pudiendo siempre que pueda y lo crea necesario dar un buen consejo. Me felicita y se siente satisfecha cuando logro sacarle una sonrisa a alguien. En esos momentos no opina, simplemente desaparece dándole un respiro a mi mente, logrando hacer que me olvide de que existe mi otro yo.
Ángel y demonio. Frío y calor. Alegría y tristeza. Mi otro yo es así de bipolar. ¿Estaré loca? No lo sé, pero así es como soy y como me rige mi yo interior.
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